domingo, 10 de agosto de 2014

LA RESURRECCION EN EL ARTE


La Resurrección en el Románico

Durante la Alta Edad Media, la inseguridad generada en Europa por la falta de un poder estable, el importante retraimiento económico, así como un cambio climático que derivó en un periodo más húmedo y de peores cosechas, motivaron que la vida se limitase prácticamente a la lucha por la existencia, sin tiempo si quiera para aprender a leer o a escribir. Es por ello que el Arte jugó un importantísimo papel para la transmisión del mensaje del Evangelio. Las pocas ocasiones que tenía el pueblo para aprender algo se limitaban a la visita de las iglesias. De ahí que encontremos interesantes obras de arte que narran muchos pasajes de la vida de Cristo. Y como no podía ser menos, por supuesto de la Resurrección, el eje sobre el que gira todo el Cristianismo. Uno de los ejemplos mejores estudiados lo tenemos en el claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos.

Fundado por el Conde de Castilla Fernán González en 919, su prestigio y fama pronto atrajeron a miles de peregrinos, motivando que fuera objeto de numerosas donaciones por parte de diferentes reyes. No existe documentación precisa al respecto, pero se cree que el claustro fue levantado entre finales del s. XI y principios de s. XII. Como la mayoría de obras del momento es anónimo, aunque sí sabemos que hubo al menos dos maestros diferentes dirigiéndolas. De entre todas las columnas del patio porticado destacan ocho, cuyos capiteles narran la vida de Cristo y María. En uno de ellos nos encontramos una escena doble enmarcada bajo un arco de medio punto con sus columnillas y capiteles. 

 
En la parte central podemos ver el Entierro de Cristo. José de Arimatea y Nicodemo colocan el cuerpo inerte con delicadeza, a pesar de que los pliegues de sus ropas parecen evocar la furia de la naturaleza desatada por la muerte del Mesías. El brazo derecho de Cristo, aun sin dejarlo caer sobre la sepultura, sigue la misma dirección oblicua que la tapa del sepulcro, el mismo que divide la escena en dos y que, en cierta manera, funciona como altar del sacrificio de Cristo. Más arriba aparece tratado el tema de la Resurrección con las tres marías (María Magdalena, María de Santiago y María Salomé) con nimbo, mano en el pecho y portando perfumes. Un ángel sentado sobre la losa les comunica la buena nueva. La cita “Nihil formidetis, vivit Deus, ecce videtis” (No temáis, Dios vive, ya lo veis) aparece grabada en el arco. En la parte inferior se encuentran desmayados siete soldados que custodiaban la tumba de Cristo.


 El artista no mostraba ninguna intención de belleza con la obra, solo expresividad. Las figuras tienen rasgos exagerados que buscan resaltar ciertas partes de sus cuerpos: cabeza, ojos y manos. La composición es clara y ordenada, destaca la frontalidad, la simetría y el equilibrio. Impera el “horror vacui”, la necesidad de cubrir todos los huecos. El espacio se organiza en tres registros: dos triangulares divididos por la losa del sepulcro, y otro rectangular marcado por el cuerpo de Cristo sobre la sepultura. Todo es geometría, líneas verticales (las marías), diagonales (el brazo de Cristo, la losa, los soldados) y horizontales (cuerpo de Cristo). Todo confluye en un solo punto, el centro de atención, hacia donde miran los personajes, Cristo, una clara perspectiva jerárquica. 

El bajorrelieve en piedra caliza es de una perfecta y delicada ejecución, al estilo del marfil oriental. La perspectiva se sugiere al colocar cuerpos de diferentes tamaños, mayores los más cercanos, y solo las cabezas para los soldados más lejanos.


Ivan Garcia de Quiros.




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