miércoles, 10 de junio de 2015

LA RESURRECCIÓN EN EL ARTE


Francisco Buiza Fernández

Tradicionalmente se suele decir que la iconografía más complicada para un escultor o imaginero es la Resurrección, puesto que de la misma no tenemos ninguna fuente que la describa, tan sólo sabemos -por los Evangelios- que la sábana que envolvía a Jesús se encontraba doblada en el sepulcro. Todo lo demás pertenece a la tradición iconográfica que los artistas nos han ido legando con los siglos. Tanto si Cristo salió triunfante del sepulcro alzándose hacia el Cielo, o si bien lo hizo caminando, pertenece a la visión particular del autor. Y en el caso que comentamos este mes, se nos dan ambas iconografías.

Francisco Buiza Fernández nació en Carmona (Sevilla) y ya desde pequeño demostró una gran afición por la escultura; bien fuese modelando sencillas figuras para belenes, o bien tallando raíces de olivo en el campo mientras trabajaba como pastor. Su formación, que comenzó siendo autodidacta, continuó en Sevilla en la Escuela de Artes y Oficios, a la par que aprendía en diferentes talleres de artistas de la época. En 1946 entró a formar parte del de Sebastián Santos, de quien será su discípulo predilecto y con el que trabará una importante amistad. Posteriormente se independizó y continuó su labor (Ntro. Padre Jesús Cautivo para El Puerto de Santa María en 1978) hasta que un cáncer de estómago puso fin a su vida en 1982.

Buiza realizó dos tallas de Cristo Resucitado, diferentes entre sí a pesar de que fueron coincidentes en el tiempo -ambas de principios de los 70. Hablamos de las imágenes que realizó para las hermandades del Stmo. Cristo Resucitado, de Herrera (Sevilla); y de la Sagrada Resurrección, de Sevilla. Talladas en madera de pino de Flandes, siguen los cánones de la escuela barroca sevillana. Buiza varió desde el neobarroco hacia un estilo más personal, aunque dentro de los esquemas tradicionales del siglo XVII, principalmente inspirado en las formas de Juan de Mesa y Alonso Cano. Dentro de su producción, podríamos enclavar estas obras en su etapa de madurez. Etapa que comenzó tras un grave accidente y que le llevó a estar en cama durante un año, lo suficiente para meditar y replantearse su vida y producción artística. Ambas obras se caracterizan por el realismo, tendente al expresionismo en la policromía en el caso del Resucitado de Sevilla.

Mientras que el Resucitado de Herrera mantiene unas líneas más sencillas, con una anatomía menos marcada y un tratamiento del cabello menos barroco, bendiciendo con la mano derecha mientras la izquierda sostiene la bandera triunfante del Cristianismo, el sudario aparece amarrado a la cintura; el de Sevilla tiene una composición más valiente, con los brazos abiertos -simulando la posición de la cruz- mientras se alza en el aire desprendiéndose del sudario, la anatomía está más desarrollada y el cabello mucho más trabajado. Se puede decir que el de Sevilla (1973) recoge lo mejor de la etapa de madurez del artista, incluyendo conceptos antes trabajados en el de Herrera (1971).

En la obra de Francisco Buiza podemos ver las particularidades de la imaginería destinada a ser procesionada: obras que siguen la estética propia del pasado y que en otras disciplinas ha quedado desfasada; realización de un boceto previo que se ajusta a las necesidades de la cofradía o parroquia que la encarga, y que servirá al artista para subsanar posibles dudas o errores que luego no podrá modificar en la pieza definitiva; tallas destinadas a ser contempladas desde todos sus ángulos y que, al contrario que sucede con otras propias de retablos, al ser apreciadas tanto desde cerca en los cultos internos como desde la distancia en los cultos externos, deben mantener ciertas características que no la hagan perder calidad y atraer la atención y devoción de los hermanos o feligreses.


Iván García de Quirós.



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