lunes, 5 de mayo de 2014

LA VIRGEN MARÍA SEGÚN UN CATEQUISTA



Quiero empezar agradeciendo a la Hermandad de Nuestro Señor Jesucristo Resucitado y Nuestra Señora de la Alegría, el haberme invitado a participar en este conjunto de artículos sobre la Virgen María, enmarcados dentro de este mes de Mayo, que tradicionalmente la Iglesia ha dedicado a venerar de un modo especial a nuestra Bendita Madre.

Me parece muy aceptado el hecho de tratar la figura de la Santísima Virgen desde visiones diferentes, pero seguro que serán complementarias y nos podrán permitir presentar de una forma global a Nuestra Madre. 
Pidiéndoseme hacerlo desde el punto de vista de la catequesis, me ceñiré en este articulo a ese enfoque, dejando a un lado otros aspectos importantes y profundos de mi visión personal y devoción a la Santísima Madre de Dios.

Primeramente, debemos definir la catequesis como el proceso de formación cristiana integral y fundamental en el cual se capacita a los cristianos para entender, celebrar y vivir el Evangelio dentro de la Iglesia, teniendo como meta la confesión de la fe. 

Dentro de este proceso de formación y acompañamiento, la Virgen María aparece como modelo y ejemplo de creyente y discípula del Señor. María es ante todo la mujer que cree en la Palabra del Señor, que asume la misión para la que es elegida por Dios y la acepta con una confianza plena en la voluntad del Padre.

La fe de María es lo nuclear y central de su misión como Madre del Salvador, es la fe en la Palabra de Dios lo que le hace concebir “sin conocer a varón”, es decir, contra toda lógica humana, poniéndose enteramente en las manos del Señor. Es esta fe y esta postura de mujer creyente profunda, la que le lleva a “guardar en el corazón” todo aquello que se decía del Niño y no podía comprender. Recordemos el momento de la adoración de los pastores y de los magos, la profecía de Simeón durante la presentación en el Templo, el dramático episodio de la persecución de por parte de Herodes y la obligada huida a Egipto, o cuando el Hijo se pierde y lo encuentran discutiendo con los doctores de la Ley en el interior del Templo. Todo esto la Santísima Virgen lo meditaba y lo oraba en lo profundo de su ser, poniendo todos estos acontecimientos y el conjunto de su vida en manos del Padre.

Este aspecto de creyente en la Palabra de Dios tiene, en el Evangelio, un texto central como es la proclamación en labios de la Bendita Virgen María del gran canto de alegría y alabanza al Señor: el Magníficat. En este canto, la Virgen expresa con gran júbilo como Dios cumple siempre con sus promesas y atiende en todo momento las suplicas de aquellos cuyo corazón está puesto sólo en Él y no en el dinero, el poder o el prestigio. Ella lo puede proclamar después de experimentar como el Padre la alienta y sostiene en todo momento; y como por su fe y fidelidad a la voluntad del Señor, es constituida como Madre de Dios.

La Virgen María también es la gran discípula del Hijo, al que sigue hasta el final. Asume como propia la misión redentora de Jesucristo y sus consecuencias. El texto del Evangelio de San Juan la sitúa en el Calvario, utilizando una fórmula que indica literalmente que la Santísima Virgen María “estaba de pie” junto a la cruz de Cristo. Es decir, la Madre de Dios asumía la Muerte del Hijo, padecía junto a Él, unía su destino al Hijo. En definitiva, con esta presencia “de pie” estaba proclamando aquello que dijo el propio Jesús durante su vida pública “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra del Padre y la cumplen”. Por eso la Iglesia la considera, junto a Jesucristo, como corredentora del género humano.

También, junto a la Cruz, Cristo proclama la otra gran misión de la Virgen María, Ella, además de ser la Madre de Dios, es la Madre de cada uno de los discípulos del Señor y es la Madre de la Iglesia. En el Libro de los Hechos de los Apóstoles aparece junto a los primeros cristianos orando con ellos, sosteniéndoles y aminándoles. Incluso en Pentecostés, que es considerado como el acontecimiento fundacional de la Iglesia, la Virgen María aparece en oración junto a los apóstoles.

Personalmente hay un texto en el Evangelio que particularmente me gusta al considerar que resume magistralmente la visión de la Virgen María que he intentado exponer. Se trata del texto conocido como el de “las bodas de Caná”, en el cual, y sin pretender desgranar todo su gran contenido teológico y exegético, podemos ver perfectamente como María, por un lado asume su doble maternidad como Madre de Dios y Madre nuestra e intercede ante el Hijo poniendo en sus manos nuestras necesidades “no tienen vino”; y al mismo tiempo se refleja la imagen de la Virgen como modelo de creyente y de discípula, mostrándonos el camino para la Salvación “haced lo que Él os diga”.


Francisco Manuel Natera Turrillo



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