martes, 10 de febrero de 2015

LA RESURRECCIÓN EN EL ARTE



Todavía dudando

A lo largo del tiempo, ha sido una constante la copia o interpretación de trabajos ajenos por parte de otros artistas. El motivo principal de este hecho, es sin lugar a dudas la singularidad de la obra. Es decir, la relevancia que la lleva a destacar sobre las demás y a atraer la atención de otros artistas que intentan hacerla, en cierta manera, propia.

En el caso de la pintura, una de las obras más versionadas y que ha servido de inspiración tanto a pintores contemporáneos del autor y como a posteriori, es “La incredulidad de Santo Tomás” de Caravaggio, fechada en 1602. Una pintura con unas características muy particulares pero que destaca sobre todo por su naturalismo. Las luces realzan la figura de Cristo, marcado por la claridad, resaltando de esta manera su divinidad; mientras los discípulos permanecen en un segundo plano más oscuro y a la par más terrenal. El centro de todas las miradas convergen en un solo punto, el dedo índice de Tomás que es introducido en la llaga del pecho de Cristo, lo cual, además de tener un fin didáctico, viene a resaltar claramente el triunfo de Cristo sobre la muerte.

Este mes traemos a comentar una de las versiones, concretamente la realizada por un joven artista llamado John Granville Gregory, para la Catedral de Bangor, situada en el extremo Norte de Gales. La obra repite la composición de Caravaggio pero en su versión actual. La luz sigue jugando un papel fundamental (aunque aquí el tenebrismo no es tan marcado como en el original), resaltando a un Tomás que emerge entre la oscuridad y cuya mano es iluminada por la claridad de Cristo, de la duda a la fe. La mano es dirigida por la de Cristo hacia su herida, como insinuando que Él mismo es quien nos muestra el camino para zanjar nuestras dudas. No olvidemos, que el valor que nos enseña la incredulidad de Tomás es la importancia de la fe ciega. Es decir, no debemos culpar a Tomás por no creer, posiblemente él no necesitase meter literalmente su dedo en la llaga para creer, pero el Evangelio destacó conscientemente ese hecho con un fin catequético. A Tomás le quedó asignado para siempre el papel del incrédulo, aún cuando en la misma escena podamos ver a otros dos apóstoles que, aunque no hubieran demostrado públicamente sus dudas, también necesitaban ver para creer.

Cristo se nos muestra joven, con una versión más actual de la apariencia física, aunque respetando el tradicional sudario blanco que lo envuelve. La herida aparece más pequeña, como si con el paso del tiempo se hubiese cerrado aunque vaya a permanecer ahí para siempre. Cristo sigue orientando nuestra mano a su cicatriz, una y otra vez (el mismo título de la obra así nos lo indica). La luz otorga al cuerpo de Cristo un tono macilento, propio de quien vuelve del mundo de los muertos. Vemos como el artista juega, por una parte, con el hecho de que en la obra se recoge un pasaje inmediato a la Resurrección; y, por otra parte, con la contemporaneidad que le da las apariencias de los personajes. Los Apóstoles están representados por jóvenes actuales. Vestidos con chaquetas de cuero y ante, gafas, perilla y el pelo largo recogido en una cola. 

Singular importancia tienen las gafas de Tomás, como si no valiese sólo con la percepción que nos otorga nuestro sentido, sino que el problema de “no ver” a Cristo va más allá de los ojos físicos, es un problema de nuestro corazón. Por último, podríamos decir que el papel actual de Tomás ya no sería el del incrédulo, puesto que en la sociedad actual ha venido a ser remplazado por el del escéptico.


Iván García de Quirós



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