viernes, 27 de febrero de 2015

PREGÓN DE 2012



Afortunadamente, sabemos que esa tristeza y ese dolor del viernes se iban a convertir en un domingo de felicidad y de alegría: aquellas santas mujeres que muy de mañana se apresuraron para llegar al sepulcro de Jesús con el fin de terminar de embalsamar el cadáver del Maestro amado, se encontraron con que aquel sepulcro estaba vacío y se convirtieron, de esa forma, en los primeros testigos de su resurrección.

Una resurrección que es la que le da sentido a nuestra fe porque, como dice San Pablo, “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe”  (1 Cor. 15,14), somos los más tontos de los humanos y todas nuestras creencias están basadas en seguir a un Dios muerto.

La resurrección de Jesús lo cambió todo, porque con ella se demostraba que Dios la daba la razón a Jesús y se la quitaba a todos los que no estaban de acuerdo con él. Por lo tanto, Jesús tenía razón y su causa es el camino que salva al hombre.

De aquí se deduce una enorme consecuencia: creer en la resurrección y anunciarla no es solamente decir que Jesús vive. Es mucho más que eso: es convencer a la gente de que Jesús tenía razón y de que el camino trazado por él es el verdadero camino. Creer en la resurrección supone convencer a la gente de que la vida tiene que ser vista como la vio Jesús, que nos tiene que gustar lo que le gustó a él y que tenemos que rechazar lo que él rechazó.

La resurrección es el triunfo del Evangelio sobre el orden establecido. Por eso, proclamar hoy la resurrección es ponerse de parte del Evangelio, con todo lo que eso significa, y enfrentarse inevitablemente a todo lo que se le opone. En definitiva, la resurrección nos lleva a mantener como una antorcha encendida la segunda de las virtudes teologales: la esperanza. Una esperanza que, por un lado, rebasa los límites del tiempo y del espacio y nos dice que la muerte no es el final. Pero una esperanza que nos tiene que llevar también a luchar, día a día, por conseguir una sociedad digna de hombre en la que se respeten de manera absoluta los derechos de cada una de las personas.

Dice San Pablo en la segunda carta a Timoteo: “Yo se bien de quién me he fiado” (2 Tim. 1,12). ¡Con cuánta más razón que Pablo pudo decir esto María! En la resurrección de su hijo tuvo la respuesta y la confirmación de las promesas de Dios. Y si su esperanza no desfalleció frente al dolor, el fracaso y la muerte, su alegría fue total y completa ante el gozo, la gloria y la vida nueva de su hijo y Señor, Jesucristo. Por eso, desde ese momento, empezó a ser aquello para lo que Jesús la había destinado desde el mismo pie de la cruz: Madre de la Iglesia, madre de los cristianos, madre nuestra.

Esa madre a la que llamamos de mil maneras distintas en sus diferentes advocaciones cuando nos dirigimos a ella para rezarle:

Y así te llaman Piedad,
Amargura, Desconsuelo,
Milagros, Rocío del cielo,
Alegría al resucitar,
Consolación, Soledad,
Rosario de quien te ruega,
Carmen que la mar navega,
Esperanza del creyente,
Dolores que va sufriente
Y Sacrificio y Entrega.


Juan Antonio Villarreal Panadero
Texto extraído del libro del Pregón
editado por el Consejo Local
de Hermandades y Cofradías.
Fotografías de Diario de Cádiz.




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